Coincidiendo con Fromm, el amor antes que una relación, es un arte que
hay que ir aprendiendo todos los días;
es pues, aquella actitud que orienta y da
significado humano a la relación amorosa.
El amor de sí, es decir, el amor
de cada uno de nosotros, nos debe al
mismo tiempo posibilitar el tránsito al
amor a los demás.
El prójimo es la persona que está junto a ti (aunque a veces no tanto).
Prójimo aquí es el “próximo”, el que está más cercano y es persona.
El amor a los demás, por tanto adquiere las siguientes características:
1) el amor al otro implica su afirmaáón, esto es, nuestro asentimiento de su
existencia, tanto de forma verbal como existencial. De esto modo, para
amar auténticamente al otro, no basta con decirle que lo queremos, sino
la asunción de un compromiso real con el cuidado de la persona que se
ama; 2) amar a los demás, supone también admitirlos en nuestro entorno
y aceptarlos, haciéndonos cargo, dentro de lo posible, de lo que son y de
lo de que necesitan; 3) el amor a los demás es un sentimiento cercano a la
amistad y a la benevolencia, pero no se confunde con ellos. C
hay un vínculo más íntimo y más
cercano del amor al prójimo como amor a los demás:
se trata de la relación verbal y existencial expresada
en la frase “te quiero”.
El amor al prójimo se dirige a los demás, pero no
de forma específica. Hay, sin embargo, un grupo de
personas, generalmente muy reducido, con el que
establecemos una relación especialísima y única que nos
permite decirle: “Te quiero”, con todo lo que ello
significa y conlleva. Es el nivel más elevado del amor y generalmente
se limita a: 1) a alguna amistad particularmente profunda; 2) las
relaciones familiares, sobre todo entre padres, hijos y hermanos; 3)
el amor entre el hombre y la mujer.
El egocentrismo es la concentración exagerada en uno mismo, lo contrario
de mostrar apertura hacia los demás.
El egocentrismo, entendido como la capacidad de amarse demasiado,
es también demasiado fácil de realizar, de ahí que se haga necesario lo que
se conoce como “olvido de sf’, es decir, el olvido del propio yo, pero en el
sentido de la capacidad para negarse a sí mismo, cuyo auténtico significado
implica impulsar a las personas a salir de un reconcentramiento egoísta en
los propios intereses.
El amor de sí necesita, para realizarse plenamente, el olvido de sí,
porque sólo si amamos a los demás de manera profunda y sacrificada
nos amamos realmente a nosotros mismos... Sólo podemos
afirmarnos plenamente a nosotros mismos afirmando al mismo
tiempo al otro mientras que la cerrazón frente al prójimo conduce
al empequeñecimiento y a la infidelidad.
Al hablar de egocentrismo, más que hablar del amor propio, estamos
aludiendo a una concepción esencialmente negativa del mismo.
Con el término individualismo, sucede algo parecido con palabras
como egoísmo y amor propio; su sola mención genera ambigüedad.
Ser individualista es, o sinónimo de poco compromiso con
los valores y causas sociales, o bien, su contraparte, compromiso
propio con el desarrollo autónomo de cada persona.
En sentido estricto, el individualismo parte del supuesto de que no
hay ética si no se respeta la autonomía del individuo, esto es, sin la conciencia
del sujeto moral de su capacidad para crear o aceptar libremente
sus normas de conducta, por lo que no puede ser malo en absoluto pedirle
que se construya en cuanto tal, es decir, que no renuncie a su condición
de ser proyecto creativo.
No sólo no es rechazable la concepción individualista de la persona:
es una condición y un deber del sujeto moral mantener su individualidad
a salvo de intromisiones ilegítimas; es una condición y un
deber del sujeto moral quererse a sí mismo: no despreciar la propia
valía, antes bien, extraer de ella el máximo rendimiento.
la ética válida de nuestro tiempo tiene que ser
individualista, a condición de preservar al individuo, dado que esa preservación
es al mismo tiempo un derecho y una exigencia: derecho del
individuo a determinar lo que debe y quiere hacer, y exigencia sobre su
propia responsabilidad ante los demás, considerado él mismo no como un
ente aislado, sino como un ser social.
El proceso de individuación no sólo es un producto social y una
perspectiva sobre la sociedad, sino también una vía de interiorización
y por tanto de riesgo.
Sólo en este sentido es como resulta válido, desde el punto de vista
ético, hablar de un individualismo entendido como amor propio: individualismo
como derecho, por una parte, de preservar su propia autonomía,
y por la otra, como exigencia que tiene éste de responder ante los
demás por sus actos.
El individualismo considerado éticamente tiene, por tanto, que
tomar en cuenta que: el descrédito actual de la política, el declive de la
participación, la injusta distribución del trabajo, la nostalgia de comunidades
homogéneas y compactas, la explosión de las reivindicaciones
nacionalistas, la exigencia de una calidad de vida que nos proteja de las
exigencias puramente técnicas, la dificultad para recuperar al ciudadano
como agente de cambio y no como súbdito, las insuficiencias y perversidades
del culto a la información y al mercado como modelo hegemónico
de las relaciones humanas, entre otras, son algunas de las problemáticas
que, política y socialmente, pueden ser consideradas entre las más importantes,
dado que ejemplifican la actual desarticulación entre lo privado
y lo público, así como la distancia que existe entre las teorías éticas y las
realidades del mundo de la vida
a través de la publicidad, el crédito, la inflación
de los objetos y los ocios, el capitalismo de las necesidades ha
renunciado a la santificación de los ideales en beneficio de los placeres
renovados y los sueños de la felicidad privada.
Bajo este nuevo orden moral lo que cuenta es ¡la felicidad o nada!;
por ello se dice que nuestra época es posmoralista, dominada como está
por las coordenadas de la felicidad del yo, de la seducción y el confort
individual.
dos concepciones antagónicas: una expresada como
individualismo fuerte y la otra como individualismo débil. La primera de
ellas refiere a que el individuo es capaz de darse a sí mismo sus
propias normas como derecho, pero también se entiende como
exigencia imputable hacia él mismo sobre su necesaria responsabilidad
y compromiso moral que adquiere con respecto a la sociedad,
como resultado del ejercicio de su autonomía moral, por lo que este
planteamiento resulta ser congruente con una ética del amor propio
en sentido fuerte.
La segunda forma de individualismo denominado débil, es la
adoptada por Lipovetsky, es decir, un individualismo que hace del mero
bienestar privado la fuente de la “autonomía individual”.
La autoestima es el conocimiento que tenemos de nosotros mismos, es
decir, la aceptación de nuestros potenciales y debilidades, aquello de lo
que somos capaces hacer de acuerdo con nuestra humana condición.
Se habla hoy en día de alta y baja autoestima. La persona con alta
autoestima, al aceptarse como es busca siempre el bien de sí misma, por
el contrario, la que tiene baja autoestima, al no aceptarse con sus propios
potenciales y limitaciones, tiende a la depresión, a la desmoralización
y, en algunos casos, al suicidio.
A decir verdad, la primera persona con la que
de hecho nos relacionamos somos, evidentemente,
nosotros mismos, y esta relación es la que da lugar
precisamente al amor propio.
podemos decir que el amor
propio no sólo es bueno, sino totalmente necesario, debido a que es
el motor de toda nuestra existencia.
el amor propio entendido como autoestima o valoración de sí
es un muelle imprescindible de la acción.
Ahora bien, el amor propio como autoestima, al contrario
de como pudiera parecer en nuestros días, no siempre ha sido
bien visto en la historia de la humanidad.
“No seas egoísta” acusa, en último análisis, la misma ambigüedad
que en el calvinismo.
Pero no siempre el egoísmo, el amor a sí mismo y el interés propio
han sido considerados pecaminosos y amenazantes para los individuos
y las sociedades en distintas épocas históricas.
el verdadero significado que interesa desde el punto de vista
ético, es el amor que profesamos a las demás personas y a nosotros
mismos, sin desconocer que el amor también se puede concebir en la
relación hombre-cosa.
Platón quien en sus Diálogos El Banquete y el Fedro, se ocupó del tema con mayor profundidad.
Lo que dijo al respecto, su ubica en el dominio de los mitos, las
fábulas y en su concepción general del amor griego. En este marco, de
acuerdo con Ramón Xirau, Platón sostiene una concepción dialéctica
del amor. En tanto eros, el amor es sinónimo de creación, pero también
de carencia; en primer término es amor a la sabiduría, es conocimiento
de la belleza, pero al mismo tiempo es ausencia, es decir, capacidad de
aspiración y de deseo. En tal sentido, el amor es y no es al mismo tiempo.
Tomás de Aquino define
al amor como un acto genérico de la voluntad
orientado hacia el bien en general.
Según este teólogo-filósofo: “Todo el que
obra, obra por un fin.
San Agustín, sostuvo
una concepción del amor cuyo significado es conveniente vincularlo
con su pensamiento teológico. Para él, existen dos tipos de
amor: el amor propio y el amor a Dios. De cada uno de ellos se
deriva una forma de existencia: la terrenal o la divina.
Arthur Schopenhauer, filósofo alemán del siglo XIX, el
amor antes que otra cosa es una pasión humana que hace posible
la perpetuación de la humanidad en el tiempo.
A partir del siglo XX van a surgir varias teorías y concepciones filosóficas
sobre el amor, vinculadas con autores como Erich Fromm, José
Ortega y Gasset, Fernando Savater, Alain Finkielkraut, Gilíes Lipovetsky,
Humberto Galimberti, entre otros.
La de Erich Fromm, ha sido una de las teorías sobre el amor que
mayor influencia ha tenido en el pensamiento contemporáneo. Esta se
centra en la “necesidad profunda” con que se enfrenta universalmente
el hombre de trascender su propia vida individual. Considera este autor
que la satisfacción plena de esta necesidad sólo se encuentra en el amor.
Para Fromm, el amor consiste, más que en el hecho de ser amado,
en la capacidad de amar, ya sea a uno mismo o a los demás.
... el amor es un arte, tal como es un arte el vivir... no es una relación
con una persona específica; es una actitud, una orientación del carácter
que determina el tipo de relación de una persona con el mundo
como totalidad no con un “objeto” amoroso... Si amo realmente
a una persona, amo a todas las personas, amo al mundo, amo a la
vida.
para Galimberti, en la sociedad actual
no importa tanto amar a los demás, como ser amado. El individuo de
fines del siglo XX y principios del XXI, invierte el sentido de la relación
amorosa: no se trata ya de la autorrealización individual a partir
de amar a los demás, sino, a través del otro, buscar la realización del yo
propio.
la realidad moral
es constitutivamente humana, o a la inversa, que la realidad humana es
constitutivamente moral.
Para el caso de los animales, las respuestas que éstos ofrecen al
medio ambiente son siempre de carácter mecánico y unívoco. Hay así un
“ajustamiento” perfecto gracias a su dotación y determinación biológica
que les hace responder ante los estímulos siempre de una forma y no
de otra. A este ajustamiento se le denomina “justeza”, y se produce de
forma automática.
mientras en los animales hay siempre respuestas unidireccionales
y repetibles mecánicamente, en el ser humano la respuesta
no se produce de forma automática, y en esta no determinación de la
respuesta, se produce el primer momento básico de la libertad, gracias a
que el hombre se encuentra libre de estos estímulos del medio ambiente
y puede adaptarse de múltiples formas gracias a que posee inteligencia,
misma que le permite hacerse cargo de su situación de manera libre y
consciente.
Aún y cuando en el animal el ajustamiento con respecto al medio se produce
de realidad en realidad —de organismo a organismo- directamente, en
el caso del ser humano se da indirectamente, a través de la posibilidad y la
libertad, es decir, libertad no sólo de tener que responder unívocamente,
sino también libertad para preferir en vista de algo, convirtiéndose así
los estímulos en instancias y recursos, esto es, en posibilidades.
En una palabra, mientras al animal le está dado el ajustamiento, el
hombre tiene que hacer ese ajustamiento. .. es decir, tiene que justificar
sus actos.
¿En qué consiste por tanto la justificación del acto humano? Consiste
en dar cuenta de dicho acto, dando al mismo tiempo razones de
la posibilidad que se ha puesto en juego; pero no sólo eso, se requiere
además, como hay muchas posibilidades de acción, de preferir alguna
de ellas sobre las demás, y en esto consiste el acto mismo de la libertad.
Pero no es el yo individual el único horizonte
de la eticidad humana, pues el fundamento
y posibilidad de la libertad creadora de las
acciones propiamente éticas, entendida la
acción humana como principio y como voluntad,
no se dan en el vacío.
En esta perspectiva, Savater concibe al
yo ético a partir de los principios que para
él constituyen los puntos de partida de la
reflexión ética, como son: la acción, la existencia
dinámica, la posibilidad y la libertad.
¿Qué es lo que quiero? Llegar a ser plenamente yo, es decir, ser
no-cosa, mantenerme en una totalidad abierta en la que pueda confirmarme como autodeterminación, o sea, como creación y
libertad.
Según esto último, el proceso de constitución del sujeto ético visto
por Savater, pasa necesariamente por tres momentos interconstitu-.yentes
que son complementarios.
En este proceso de constitución intersubjetiva del yo ético, se requiere
instaurar una comunidad social en la que las voluntades mutuas
de reconocimiento y de interdependencia humanas hayan encontrado
su adecuada institucionalización, y donde la condición ética atribuible a
todo ser humano, no le sea vedada a nadie.